¿Quién quiere? ¿Quién quiere escuchar a un escritor de párrafos vacíos?
Observando cada pestaña, destilaba su marrón sin ni siquiera poder despegar por un segundo los ojos de sus iris escondidos tras sus parpados, sintiendo la respiración entrecortada estrellarse sobre mi pecho desnudo viendo como la pelusilla se movía al son de su diafragma. Contaba cada segundo, dividiéndolo y subdividiéndolo con la esperanza de poder atesorar cada fragmento en mi memoria.
No quería ver el Sol, no quería que su luz bañara mi tierra y que se despertase el gallo y con él, el mundo. Debía durar para siempre y para siempre duraría. Con esos pensamientos me mentía a mi mismo, sabiendo que poco a poco todo esto acabaría. Sin poder conciliar el sueño me levanté, me puse unos pantalones y fui a la cocina.
Allí, preparé de forma distraída un desayuno a base de tostadas y zumo de naranja. Pensaba en lo mucho que había deseado ese momento, las ganas que tenía de estar con una persona como ella, de sentirme querido y amado, de verme valorado con mis defectos y virtudes, y aún así que quisiera seguir conmigo. Era todo demasiado bonito e ideal, era algo irreal y real al mismo tiempo.
Creo que en ese preciso momento me di cuenta de mi fallo, el fallo que siempre había cometido hasta el momento. Siempre había pensado en mi, en lo que yo quería obtener, un objetivo inamovible que solo podía seguir a través de un camino, sin abrirme a vivir. La casualidad me sorprendió, y yo, solo por una vez, decidí dejarme llevar por la misma. A la vez que ella apareció, desaparecieron mis preocupaciones
Y ahora... solo me preocupaban tres cosas:
1. No sabía el sabor de mermelada que le gustaba
2. Si al zumo se le irían las vitaminas (como decía mi abuela), incluso metiéndolo en la nevera
3. Que se hiciera de día demasiado pronto y no haber podido disfrutar de todo aquello lo suficiente
Cada gota de tinta que caiga será una lágrima que no supiste verter a tiempo, un sueño abandonado o una esperanza perdida.
sábado, 5 de enero de 2013
jueves, 27 de diciembre de 2012
Gritar en silencio

Cada noche perdía el tiempo pensando. Pensando en lo feliz que podría haber sido, lo solo que estaba y en lo acompañado que le gustaría estar. Sin embargo la soledad lo acosaba como si se tratase de una pesadilla que no le dejaba escapar por más que intentara pellizcarse.
Ya no sabía si era por su culpa, si los demás tenían una idea equivocada de él o si todo el mundo se sentía siempre así. No tenía nadie con quién poder hablarlo, nadie que quisiera que le oyese decir aquellas duras palabras que le harían débil y que infundirían, en aquel que lo escuchase, una lástima y una pena artificialmente condicionada. No conocerse empeoraba las cosas, no sabía si le gustaban porque le gustaban o porque era lo que le debía gustar, todos esos términos estaban entremezclados en su cabeza sin tomar una forma real, mutando a cada acontecimiento por su vulnerabilidad tácita. Por no poder no podía hablar ni consigo mismo. Por eso escuchaba música.
¿Qué le quedaba? Solo destruir poco a poco su consciencia y conciencia, encerrarse en sí mismo y perder todo atisbo de la chispa que un día le hicieron creer que él tenía. Tras eso, solo inercia. Inercia de parecer vivo sin estarlo, de ser un vivo-muerto que ve todo y no siente nada, totalmente alienado con su condición de humano, haciendo migrar a la duda y la incertidumbre, la inseguridad y la sinrazón, la pena y la soledad, a un lugar recóndito de su mente, tapado por capas y capas de momentos sucedáneos de vida que no hacían solo confirmarle la fragilidad de su estado que se tambaleaba a cada paso de elefante de su inminente madurez.
¿Qué haría cuando ya no pudiera dar más patadas hacia delante? ¿Y cuándo se acabará la esperanza de un futuro mejor? ¿Cuánto aguantaría? Eran preguntas que evitaba hacerse, porque prefería no saber la respuesta, prefería gritar en silencio para liberar la tensión que en su estómago se provocaba con aquello, gritar para liberar lo poco que aún le quedaba vivo en su espíritu, lo que el tiempo erosionó. Pronto el también sería parte del tiempo y sus recuerdos bruma que se disiparía bajo el sol de media tarde.
sábado, 10 de noviembre de 2012
Desorden y gritos
Ya nunca nada fue igual.
El ya sabía lo que era la realidad y había dejado de engañarse. No podía esperar nada más de nadie. Cuando se pierde la esperanza ya solo queda esperar. Uno a uno fueron cayendo los mitos y leyendas, los sueños de adolescencia y las mentiras de la niñez. El vivir en el mañana no le enseñó nada.
Tenía que cambiar. Y lo hará. Primero dejará de hablar, pues lo que él diga no merecerá la pena ser escuchado, después dejará de pensar, aunque en eso ya lleva gran camino recorrido, después dejará de reír, habiendósele escapado ya todo el alma. Recurrirá a mentiras indefensas e insultos ambiguos, ataques gratuitos y fuera de tono, a locura terrestre disfrazada de luna nueva.
Desaparecerá como el humo al apagarse el fuego, poco a poco, extinguiendo lo que una vez fue una mente y un cuerpo, quedando la anhelada cáscara vacía y vana que nada vale. Los que se apoyaron en él verán como se derrumba ante sus ojos como un castillo de arena frente a un niño cabrón, como si todo estuviera corroído por el ácido de la soledad.
No soportaba ya ser el comodín del público, hasta un punto que tampoco soportaba no serlo. Quería ser querido y quería serlo a tiempo. Pero como siempre el reloj corría en su contra y ya esa chispa no estaba. Todo lo poco espontáneo había desaparecido. Solo quedaba un pasado cada vez más cercano y un futuro cada vez más claro. El presente un impasse, que solo el amor sabría salvar, pero que el amor jamás se daría cuenta de donde debería estar.
El ya sabía lo que era la realidad y había dejado de engañarse. No podía esperar nada más de nadie. Cuando se pierde la esperanza ya solo queda esperar. Uno a uno fueron cayendo los mitos y leyendas, los sueños de adolescencia y las mentiras de la niñez. El vivir en el mañana no le enseñó nada.
Tenía que cambiar. Y lo hará. Primero dejará de hablar, pues lo que él diga no merecerá la pena ser escuchado, después dejará de pensar, aunque en eso ya lleva gran camino recorrido, después dejará de reír, habiendósele escapado ya todo el alma. Recurrirá a mentiras indefensas e insultos ambiguos, ataques gratuitos y fuera de tono, a locura terrestre disfrazada de luna nueva.
Desaparecerá como el humo al apagarse el fuego, poco a poco, extinguiendo lo que una vez fue una mente y un cuerpo, quedando la anhelada cáscara vacía y vana que nada vale. Los que se apoyaron en él verán como se derrumba ante sus ojos como un castillo de arena frente a un niño cabrón, como si todo estuviera corroído por el ácido de la soledad.
No soportaba ya ser el comodín del público, hasta un punto que tampoco soportaba no serlo. Quería ser querido y quería serlo a tiempo. Pero como siempre el reloj corría en su contra y ya esa chispa no estaba. Todo lo poco espontáneo había desaparecido. Solo quedaba un pasado cada vez más cercano y un futuro cada vez más claro. El presente un impasse, que solo el amor sabría salvar, pero que el amor jamás se daría cuenta de donde debería estar.
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